Del Dios-Obstáculo al Dios-Ausente
La imago Dei en los adolescentes
Francesc Torralba Roselló Filósofo y Teólogo
Para poder situar adecuadamente los límites de esta reflexión, parece oportuno empezar con unas consideraciones previas, puesto que la cuestión es suficientemente compleja y, fácilmente, se podrían generar imprecisiones de orden conceptual y generalizaciones que dificultarían la comprensión del artículo. La tarea que nos proponemos aquí consiste en mostrar, de un modo sucinto, la comprensión que los adolescentes de nuestro país tienen respecto a Dios. Tarea difícil, por varios motivos.
Difícil, en primer lugar, porque no existe consenso respecto al concepto de adolescente. Según determinados estudios de psicología evolutiva, la adolescencia es un estado evolutivo que se produce entre los catorce y dieciséis años, mientras que en otros textos se afirma que es una franja evolutiva que se circunscribe entre los dieciséis y los dieciocho. Otros autores, como, por ejemplo, el antropólogo catalán Lluis Duch, afirma que vivimos en una sociedad integrada, fundamentalmente, por adolescentes, donde los adultos juegan a ser adolescentes y a perpetuarse en esta etapa de la vida. Desde este punto de vista, la adolescencia no sería un estado evolutivo limitado a un determinado periodo biográfico, sino un estado mental y afectivo que se podría caracterizar corno estado carencia, como un temple anímico que adolece de algo, que busca algo que no tiene y que, por lo tanto, está lejos de la madurez.
En segundo lugar, resulta muy ardua la tarea de explorar las vivencias del espíritu, especialmente cuando se trata de un sujeto extraño a uno mismo. Como se afirma en el cuarto Evangelio, a Dios nadie no le ha visto nunca, luego referirse a esta realidad es sumamente complejo, máxime, cuando se trata de explorar la visión que tiene el otro. Sólo es posible captar la idea de Dios que tienen nuestros adolescentes, si hacemos el esfuerzo de ponemos en su piel, superar nuestros tópicos y prejuicios en tomo a la adolescencia y escuchar la narración de sus vivencias, en el caso que las tuvieran.
Los estudios en este sentido son muy precarios y, generalmente, reducen la cuestión de la religiosidad a la participación en la vida litúrgica y cúltica. Se debe tener en cuenta que existe una forma de religiosidad que se desarrolla al margen de los cánones institucionales de tipo formal y que en los adolescentes y en los jóvenes subsiste una idea de Dios que ya no puede identificarse, nítidamente, con el Dios transmitido en las instituciones religiosas. Se trata, pues, de un reduccionismo explorar su religiosidad a partir de su presencia o participación en los ritos.
En tercer lugar, el colectivo de los adolescentes es, como todo colectivo humano, un conjunto plural. Las generalizaciones cuando nos referimos a grandes colectivos, acostumbran a ser traiciones. Intentaremos reflejar, pues, los ejes fundamentales de la sensibilidad del adolescente respecto a la cuestión teológica, lo que no significa, ni mucho menos, que todos los adolescentes se sientan identificados en estos puntos.
Existen minorías que viven su religiosidad de un modo muy tradicional, como también existen adolescentes que sienten aversión hacia la idea de Dios, como consecuencia de determinados episodios biográficos que han quedado registrados en su inconsciente personal. Pero en términos generales, la idea de Dios, tal y como se ha forjado en las instituciones religiosas, es extraña a la mente de los adolescentes y ello no es una casualidad, sino que obedece a un conjunto de factores que trataremos de explicar.
La crisis de las transmisiones
La visión que tienen nuestros adolescentes de Dios es, en parte, un reflejo de la situación espiritual de la Europa tardomoderna. Cada ser humano es hijo de su tiempo y de su cultura y ello significa que sólo se puede comprender su sensibilidad, si se parte de una visión global del mundo donde este ser humano vive, crece y se desarrolla. Los adolescentes no son, naturalmente, una excepción a esta regla general.
No se puede generalizar la situación de nuestros adolescentes al conjunto del planeta. Sería una proyección indebida, pues la situación espiritual de Europa está íntimamente relacionada con el proceso de secularización y nuestros adolescentes no son incólumes a este fenómeno. La sensibilidad religiosa y moral de los adolescentes de los países del Sur o del Este no puede compararse, ni lejanamente, a la de los jóvenes europeos. Incluso dentro de Europa, se debería establecer una diferencia muy notable entre la Europa del Norte y la Europa del Sur que, por lo general. todavía conserva, a modo de poso, un trasfondo católico que sigue influyendo en las nuevas generaciones.
La crisis de las transmisiones es uno de los fenómenos más relevantes de nuestro mundo occidental. Esta crisis afecta, naturalmente, a los valores éticos y estéticos, pero también a los religiosos. Las generaciones mayores ya no saben como transmitir sus creencias, sus valores, sus ideales y sus horizontes de vida. Observan como sus hijos viven en otra galaxia moral, constatan como ya no participan de sus creencias y se preguntan donde han fallado en el proceso de transmisión.
La transmisión oral falla y los progenitores padecen con impotencia esta situación. Naturalmente, existen distintos factores que explican esta fractura en la cadena de transmisión intergeneracional. Por un lado, se debe contemplar la crisis de autoridad del transmisor, pero, por otro lado, la dificultad de recepción en el receptor. Nos hallamos frente a un adolescente que tiene el yo saturado de información y practica un discernimiento selectivo de todo cuanto se le comunica y transmite; también, naturalmente, de las creencias, ideas y opiniones religiosas.
En términos generales, lo que se observa desde un punto de vista, meramente estadístico, es el declive de los denominados valores religiosos. Valores como la oración, el silencio, la meditación, la virginidad, la sobriedad, la obediencia y otros muy relevantes que configuran la constelación de los denominados valores religiosos sufren un grave descrédito en la percepción moral de los adolescentes. Una gran masa de adolescentes de nuestro país ya no saben orar, porque no han sido catequizados y desconocen, totalmente, la experiencia de la oración. Tampoco son capaces de practicar el silencio activo o la escucha atenta del Otro en su interioridad. Viven, por lo general, en la exterioridad de sí mismos, intensamente preocupados por su imagen corporal, por la estética y la forma de sus cuerpos. El influjo de la publicidad hace mella en su cosmovisión.
El declive u ocultación de estos valores denominados tradicionalmente como valores religiosos viene acompañada de la emergencia de otros valores: como la veneración por la belleza corporal, la rapidez, la moda, lo ecológico, la solidaridad civil y otros muy dispares.
Grosso modo, los adolescentes identifican lo religioso con lo anacrónico, obsoleto y caduco, como algo propio de la vejez, del mundo de sus "abuelas", pero no como algo que les afecte personalmente. En términos generales, no se identifican como personas religiosas. No son capaces de ver que algunas de sus practicas, de sus modas, de sus rutinas, pueden considerarse tan religiosas como algunas prácticas tradicionales, aunque se proyectan hacia otros dioses y se realizan en otros templos.
No es descabellado afirmar que en el mundo de los adolescentes el Dios del monoteísmo bíblico pierde fuerza, pero, en cambio, emerge, con fuerza, un politeísmo axiológico y formal. Nuestros adolescentes tienen sus dioses. Algunos de estos dioses provienen del campo del cine, otros del deporte, los hay del mundo de la música y de la moda. Son dioses que aman y veneran, que siguen ahí donde van, que imitan en su estética y que llegan, inclusive, a sacrificarse para poder verles de cerca y tocarles. Otras liturgias, otros altares, otros templos, pero actitudes que tienen elementos claramente religiosos, aunque no en el sentido tradicional del término.
Los adolescentes raramente participan en los ritos y cultos de la institución católica. Cuando cesa la obligación paterna y materna, se produce, en términos generales, una deserción masiva de los lugares religiosos tradicionales. Padecen una ignorancia supina en materia religiosa fruto de una educación donde este elemento ha sido muy carencial. Desconocen los textos sagrados, no sólo de la tradición cristiana, sino de otras tradicionales milenarias. Por lo general, tienen una visión muy negativa de la institución católica. Salvo escasos colectivos que han sido iniciados en ella y que viven conforme a sus preceptos, los adolescentes tienen una visión simple y maniquea de la institución católica que viene muy determinada por el influjo de los medios de comunicación. Se construyen una imagen tópica y gastada de la institución que, por lo general, no responde a la realidad, pero tampoco tienen interés en des instalarse del prejuicio.
La inmensa mayoría se ubican en el terreno de la creencia cristiana, pero reivindican creencias que no son propiamente cristianas. Aparece una religión del tipo melting pot. Recogen elementos de religiones muy alejadas geográfica y culturalmente y se construyen una especie de credo heterodoxo, informal y laxo que se ha denominado credo a la carta. Son más proclives a creer en la reencarnación y en la telepatía que en el infierno y el cielo. Desconocen algunos dogmas fundamentales del credo de Nicea y los que conocen por tradición, tienden a cuestionarlos o a negarlos.
Dios "à la carte"
En términos generales, los adolescentes que afirman creer en Dios, creen en un Dios interior, pero no de tipo personal. La idea de un Dios uno y trino, que se revela en la historia y se encarna en la persona de Jesús de Nazaret les resulta sumamente lejana y, además, increíble. No niegan a Dios, pero sí se muestran muy escépticos respecto al Dios tripersona1. A veces se refieren a Dios con el término energía o fuerza vital. No se les puede definir de ateos, tampoco resentidos o combatientes contra una educación clerical, puesto que no han sido ya sujetos de esta educación, Por lo general, son indiferentes a la cuestión de Dios.
Dios no aparece en sus mentes como un obstáculo a la realización de la libertad, sino simplemente como una ausencia, pero una ausencia que no duele, que no es padecida. Por ello, se podría decir que en los adolescentes. Dios es por lo general, ausente, pero no se siente nostalgia de su presencia, porque tampoco se ha tenido constancia de ella. Sólo se puede sentir nostalgia de la presencia sentida en lo más hondo. El adolescente vive "como si" Dios no fuera. Se mueve, se comunica, se relaciona con los otros, sin considerar a Dios. Dios, para él, no es juez, menos aún, fiscal. En el caso de existir, es irrelevante en su vida. Seria algo así como una fuerza cósmica, como una energía global, a lo sumo como un Interlocutor invisible en lo más hondo del alma, pero que no afecta en la configuración de la propia vida y de los itinerarios de futuro.
Transformación en el sistema de creencias
Dice Fernando Pessoa en el Livro do desassossego: "Soy hijo de un tiempo donde la mayoría de jóvenes ha perdido la fe en Dios por la misma razón que sus padres la habían tenido: sin saber por qué". En muchos hogares de tradición cristiana, los adolescentes abandonan la práctica del culto, precisamente, cuando dejan de ser niños. Este abandono indolente no se produce desde el resentimiento, sino, simplemente, desde la indiferencia.
Por todo ello, se puede afirn1ar que se está produciendo una transformación en el sistema de creencias religiosas. No sabemos exactamente qué formas va a tener la nueva expresión de religiosidad. Los flujos migratorios procedentes del Sur y del Este también son portadores de creencias y de universos religiosos que pueden transformar, con el tiempo, la fisonomía de las creencias en nuestro país, Por ahora, estas otras religiones constituyen un fenómeno minoritario, Tampoco seducen a los jóvenes de nuestro país, pues en términos generales se contraponen muy claramente a sus sistemas de valores, pero pueden arraigar en las nuevas generaciones que ya viven al margen de la religión que ha sido hegemónica a lo largo de la historia en nuestro país.